Nacer 〜 Jugar



          Rita ha tenido que buscar la definición de la palabra pasillo en un diccionario empolvado que encontró por su casa. Decía así: Pieza de paso, larga y angosta, de cualquier edificio. Con esta primera acepción se podía conformar, aunque leyendo detenidamente pasó por otras como camino aéreo que se asigna a los aviones en sus trayectorias regulares, o composición musical de compás. En aquella tarde de aromas de tetera y cafetera a la vez, su duda emergía sin pensar en el fin de esta estupidez. Cogía el periódico, daba vueltas alrededor de un sofá con poca pinta de ser cómodo y esperaba el pitido con humos de la cocina.

          La otra noche había estado en la fiesta de su amigo Mario, un empresario estirado con pocas ganas de servir de anfitrión que delegaba ese oficio a todo un comité de pelotas que trabajan para él. La amabilidad de esta gente llegaba al punto de coger bandejas de plata e ir sirviendo pequeños bocados a una larga fila de invitados que se disponían a lo largo de un pasillo bastante sobrio. De ahí, le vino la idea a Rita. La anchura de un pasillo no da para marcar distancia en cualquier acto de comunicación. Que quieres un chupito de los que saben a rayos en bandeja de plata, pues no levantes la mano porque corres el peligro de darle un mamporro a alguien cercano. Si fluyen varias conversaciones puede resultar un guirigay de tertulia donde las palabras se entremezclan sin sentido y las habladurías, los chascarrillos, las chuminadas y los momentos estelares acaban siendo imposibles. Y si te paras a pensar en cuántas personas caben en un pasillo o qué se puede hacer en él… Precisamente, esta absurdez era la que ahora tenía casi ausente a Rita en su casa.


           Ha sacado un lápiz y sobre un cuaderno de notas de la cocina escribe la siguiente lista:

  1. Un par de puntos de luz como mucho. 
  2. Cuatro o cinco personas paradas en él y apenas cabrían dos moviéndose de un extremo a otro. 
  3. Armarios empotrados, estantería, cuadros. No sé qué más podría encontrarme... 
  4. Colores suaves para sus paredes que no impidan que haya algo de luz en una zona estrecha. 
  5. Suelo cómodo sin esas baldosas inoportunas que suenan y se levantan por la noche. 

     Estaba intentando trazar una idea de pasillo para su hogar. Su casa tiene un estilo moderno, de las que rechazan esta especie de zona de tránsito, de comunicación o de desfogue entre unas habitaciones y otras.

     En este siglo XXI, los jóvenes que compran nuevas viviendas suelen pedir que el espacio sea lo más cuadrado posible y con la menor cabida para un recibidor o estas zonas muertas. Rita era una de esas chicas que decidió su independencia así. Harta de visitar inmobiliarias y de buscar por internet, se enamoró de un piso de 90 metros cuadrados que le enseñó una vieja amiga de la universidad. La cocina y el salón eran una misma cosa, enfrente se situaba su cuarto muy grande con baño propio y hasta despacho improvisado. Nada más. Mucho espacio sin perderlo con la opción de más habitaciones inservibles o el odiado y esquivo pasillo de las casas de nuestros padres.

       Sin embargo, ahora rondaba por su cabeza la fiesta del amigo Mario con la imagen de una celebración en el pasillo. Después de indagar en el diccionario, de escribir en el cuaderno y de comerse la cabeza entre taza de té y café, descolgó el teléfono.

—Mario, soy Rita. Sé que estás de viaje y quería dejarte un mensaje en tu contestador para que me ayudes con una tontería cuando puedas. ¿Por qué decidiste que pasáramos todos al pasillo el día de la fiesta? No lo digo por motivos de incomodidad, ni es una queja…No. Me resultó curioso y te vas a morir de la risa cuando escuches esto. Bueno, eso... La celebración de una fiesta en un pasillo, mmmmm… ¡Originalísimo, amigo! Un beso grande y disfruta,—decía la chica sintiéndose ridícula.

       Cinco minutos después, Mario le mandó un mensaje de texto a ella que decía: Piensa en la de cosas que ocurren en un pasillo, amiga mía. Piensa, insisto.

NACER

     Amalia se había puesto de parto mientras trabajaba reponiendo productos en unos grandes almacenes. Intentaba dar pasos ligeros y entrecortados para avisar a su compañera Marta que estaba dos pasillos más adelante. Apenas podía salirle la voz del cuerpo, cada vez se curvaba más su espalda porque la pequeña Rita quería nacer. Marta llevaba varias cajas de leche en un carro para ponerlas en la balda más alta de una estantería que parecía imposible. De repente, vio a Amalia manchada de nueva vida y llorando por su nueva vida. La consolaba diciéndole que no se preocupara, pues pronto vendrían a recogerla para que Rita naciese en el hospital. Pero la futura mamá no podía más.

       Dos compañeros de caja vieron como Amalia se sentaba en el suelo y abría sus piernas. Gritaba. Lloraba. Temblaba. No daba tiempo a nada más y Rita aparecía en un pasillo de unos grandes almacenes a las doce y media de la mañana. La pequeña estaba rodeaba de clientes curiosos, personal de la empresa nerviosa y una mezcla de olores a todos los productos que podemos encontrar en este tipo de establecimiento. Nacía en un pasillo lleno de orden: arriba galletas, un poco más abajo distintos panes, cerca de los panes una fila de distintas marcas de café y chocolates…

        Marta apenas había podido reaccionar. Se le saltaron las lágrimas de la emoción y, sin saber por qué, nunca pensó en el peligro de que su compañera diera a luz a su hija en un pasillo. Inmediatamente, dos agentes sanitarios llegaron tarde con una camilla casi bailando. Amalia estaba mareada, casi ignorante de todo lo que había pasado.

       Por la noche, abrió los ojos en una habitación del hospital. En el pasillo le esperaba Marta dando pasos tímidos. Había mucho silencio y la luz artificial resultaba agobiante. El médico se acercó a la 127 para comunicarle a Amalia que todo había salido muy bien. La pequeña Rita estaba descansando con las piernitas arrugadas. Marta, al ver que el médico entraba a ver a la nueva mamá, aligeró el paso en ese pasillo para conocer cualquier noticia.

       Al día siguiente, Amalia recogió los bártulos del hospital y llevó en sus brazos a Rita muy abrigada hacia la parada de taxis. De camino a casa, la madre tenía unas ganas irresistibles de cantar alguna canción a voces para manifestar su alegría. Su hija está bien e iba a estar bien toda la vida, pensaba. De un portazo cerró la puerta de casa y corrió despavorida por todo el pasillo para llegar a su habitación. Allí estaba la cuna, la que también había sido la de una madre emocionada. Era el momento de cantar, aunque sin voces. La pequeña lloraba y consiguió calmarse cuando su madre se tumbó y balanceaba la cuna desde su cama. Amalia iba a disfrutar algunos meses de su maternidad y de un respiro de trabajo en esos pasillos de los grandes almacenes.

JUGAR


          Han pasado siete años en la vida de Rita. Es una niña inquieta y alegre. Apila los juguetes sin orden porque las piezas de construcción sirven para amontonar coches de colores, las muñecas están llenas de trazos gracias a diferentes bolígrafos, los cuentos tienen páginas arrancadas sin piedad. Aunque Amalia se canse de los trastos de su pequeña, siempre acaba con una sonrisa sin dibujar al verla llena de vitalidad y con dosis de malas ideas.


          Cada vez que intenta vestirla, Rita patalea. De la misma manera, le ha costado entender que el desnudo a cierta edad es políticamente incorrecto. Tenía el recuerdo de horas y horas sentada, de pie, tumbada o saltando desnuda por el pasillo y las habitaciones de casa. Lo que pasa es que ya con siete años, Amalia quería acostumbrarla a que nada más levantarse la niña se vistiese para ir a su cole y se olvidara cuanto antes de los días desnudos. Y así, más de un día han mandado a Rita al pasillo castigada. Unas veces por levantarse la falda y quitarse las braguitas, otras por intentar quitarse la camisa del uniforme con poco éxito. El desnudo de la niña es algo tan interesante como este recorrido entre pasillos que hacía de su vida.

          Rafa y Rosa son dos amigos de Rita. Entonces podríamos decir amiguitos porque cuando se habla de críos todo tiende a disminuirse. En otoño e invierno les gustaba a los tres pasar ratos al lado de cualquier fuente de calor de la casa, pero por una especie de inercia rara sus momentos más divertidos habían ocurrido en el pasillo. Amalia llegaba agotada de reponer productos en los grandes almacenes y al abrir la puerta de su casa se encontraba a los niños pasillo adelante, pasillo atrás.


—¿Y si jugáramos al escondite con los ojos tapados? ¿Nos encontraríamos?,—decía Rita moviendo la cadera como si llevara un aro.


—Estás diciendo tonterías porque de tanto buscarte acabaría encontrándote, sea con los ojos tapados o si estoy en otra ciudad y jugamos por teléfono,— comentaba Rafa.


        Así, Rita se conformó con lo que había dicho su amigo y jugaron experimentando con las nuevas reglas. Rosa, con un pañuelo de color naranja tapándole hasta la nariz, contaba del veinte al uno mientras Rafa y Rita buscaban el sitio donde esconderse. Antes de que Rosa terminase de contar, Rita gritó:

—No llores ni te enfades si tardas en encontrarnos. Verás que no nos vamos a ir muy lejos.

La pobre niña, a ciegas, se tropezaba con las sillas del salón, con la puerta de la cocina y daba pasos torpes a lo largo del pasillo. Por desgracia, el juego con las nuevas reglas no supieron si fue efectivo porque Amalia interrumpió a Rosa cuando la vio casi en el suelo.


—¿Qué estáis haciendo, niños? ¡Salid de donde sea que tengo que hablar con vosotros! Y, por favor, dejad de jugar a cosas peligrosas que os podéis hacer daño.


            Rafa salió despavorido del armario de la habitación de Amalia, con una blusa que se había caído de la percha en la mano y arrastrándola por el suelo. Rita estaba metida en la bañera agarrando las cortinas y decía:

—Mami, nos has estropeado el juego. Ahora salgo, pero podías haber esperado a que Rosa nos buscara mejor. Era divertido y me hacía reír el escondite sin ojos.

—Déjate de inventar cosas raras, Rita. Ese juego no me gusta porque Rosa se ha podido hacer daño, —aseguraba la madre juntando las cejas en forma de enfado.

—¡Buah! Mami, que no… Le hemos dicho a Rosa que confíe porque no la íbamos a dejar sola y, si veíamos que tardaba mucho en encontrarnos, seguro que salíamos a buscarla nosotros que podemos ver,—pataleaba la hija delante de sus amigos en actitud caprichosa.

—Mira Rita, déjalo que no estoy para escuchar tus inventos. A ver, niños venid aquí que tengo que hablar con vosotros —comentaba Amalia titubeando.

       Mientras los tres se acercaban a ella y Rosa dejaba el pañuelo sobre la mesa de la cocina, Amalia les echaba zumo de naranja en vasos de color azul. Así, parecía que el color del líquido que bebían era mágico o, solamente, poco común. Empezó a hablar, rodeada de los niños, de manera suave y delicada para decirles, en resumen, que tenían que cambiar de ciudad dentro de poco porque le habían ofrecido un trabajo nuevo a 250 kilómetros de su ciudad. No dejaba que los niños intervinieran por si se ponían llorones y deseosos de preguntar. Continuaba hablando sobre lo mucho que se iban a ver los fines de semana cuando Rita les invitara a casa a merendar e incluso a dormir, o lo que le iba a gustar a la niña la nueva ciudad, el nuevo colegio… Todo iba a ser nuevo, pero muy bonito.

      Cuando a los niños se les plantea un cambio en sus vidas las reacciones son imprevisibles. Amalia esperaba que Rita se comportara tozuda, o que se negara entre lágrimas a todo lo que su madre iba diciendo. La niña se había quedado muda, mientras escuchaba, mirando a sus amigos. El aspecto era serio y poco infantil, como si en el cuerpo de aquella niña se hubiera producido una madurez repentina. Lo que estaba pensando Rita es que le gustaba la nueva vida que le planteaba su madre. Conocer lo desconocido siempre es una hazaña llena de aventuras, pero lo que una niña no puede ver es que la novedad implica un esfuerzo diario.

No hay comentarios:

Publicar un comentario